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miércoles, 5 de febrero de 2014

Miércoles con Fran - - La Novia Helada

Bueno chicos, espero que de todo corazón os guste la lectura que he preparado para el primer día 

La Novia Helada”

       El chico dejó su maleta encima de la cama y se acercó al enorme ventanal que daba a la calle. Los pestillos estaban cerrados a cal y canto y no logró abrir la ventana para que entrara el aire frío que corría por la calle. No pudo encontrar nada mejor con el poco tiempo del que dispuso, aquel pequeño y lúgubre hostal sería su alojamiento por aquella noche. A la mañana siguiente ya buscaría un hotel en condiciones.
       Miró atónito por la ventana. Para colmo, las vistas desde su habitación, desde esa segunda planta, eran ni más ni menos que las del cementerio del pueblo. Allí estaba, al otro lado de la calle, separado de ésta únicamente por un muro de unos dos metros de altura. El chico se quedó un momento observando el camposanto. Se notaba que era muy antiguo, había pocos nichos en altura, y la mayoría de tumbas estaban bajo tierra, sólo sobresalían algunos montículos junto a las lápidas, y en algunos casos una buena construcción de mármol y varios panteones de gran tamaño. Ricos y pobres compartían suelo en aquel lugar.       Varias veredas adoquinadas transitaban por entre los cuerpos de los que allí descansan eternamente, y media docena de bancos de piedra adornaban aquel jardín de tranquilidad. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo y decidió apartarse de la ventana y deshacer la maleta. Acto seguido bajaría a cenar y se iría pronto a descansar. El viaje había sido largo y a otro día tenía mucho trabajo por delante, además de encontrar un mejor alojamiento, por supuesto. Se quitó su traje y lo colgó convenientemente del armario, se vistió con sus vaqueros, una camiseta y su americana y bajó a recepción. El mismo señor con cara seria que le atendió para darle las llaves estaba allí, detrás del mostrador. Juraría que no se había movido ni un milímetro desde aquel momento.
- Disculpe, ¿tienen comedor aquí?
- Sí, señor, está al fondo del pasillo. Servimos la cena hasta las once de la noche.
- Muy amable. Otra cosa, si me lo permite. Me alojo en la 11, y hace bastante frio en la habitación, ¿funciona la calefacción?
- Sí, señor. Es una instalación antigua de radiadores de agua caliente. ¿Quiere que suba a ponerla en funcionamiento?
- Se lo agradecería enormemente.
- Faltaría más. No se preocupe, usted cene tranquilo, señor.
- Gracias.
         El chico atravesó el pasillo hasta llegar al salón comedor. No cenó demasiado, a pesar de tener que reconocer que la comida de aquel lugar era excelente, quizás era lo mejor de todo aquel establecimiento.
Cuando pasó frente al mostrador se sorprendió de no ver al recepcionista. Tal vez estaría con lo de la calefacción de su habitación.
        Entró en la habitación esperando encontrarse con aquel señor tan “risueño”, pero no fue así, no había nadie en la habitación, pero se notaba la calidez que desprendían los radiadores, ya no hacía frio en la habitación. Podría dormir plácidamente al menos.
        Se sentó al borde de la cama y sacó su cajetilla de Marlboro y el encendedor. «Un cigarro y a dormir», se dijo. A la segunda calada observó la vieja mesita de noche, de madera caoba bastante deteriorada por el paso del tiempo y de su uso, y no pudo resistirse a abrir el pequeño cajón. Encontró una vieja foto en su interior. La foto de una mujer vista de espaldas, con un vestido que se asemejaba al de una novia, y que en una de sus manos sostenía un paraguas enrollado. Cogió la foto y miró el reverso, había unas palabras anotadas: “Te esperaré, inmóvil” El chico dejó la foto en el cajón y se levantó a mirar de nuevo por la ventana. Dos caladas más y a dormir. No se oía casi nada, tan sólo el rumor del viento silbando por entre las grietas de las casas, arrastrando las hojas caducas de los álamos que adornaban la calle, y la oscuridad de los rincones a donde no llegaba la mortecina luz de la luna. Y entonces surgió como de la nada, cerró los ojos para acabar con la última calada y al abrirlos allí estaba, al otro lado de la calle, al otro lado del muro, paseando por la vereda adoquinada del cementerio. Sí, era una mujer, una chica joven, con un vestido largo de color vino. Hasta con la luz de la luna resaltaba aquel vestido en lo gris de la noche. Paralizado observaba a aquella chica. ¿Qué hacía allí a esas horas? ¿Y sola? ¿Y en el cementerio? ¿Estaría visitando a algún familiar? Todas estas preguntas corrieron por su mente cual pólvora a la que se le acerca la llama, hasta que de repente la chica se detuvo y miró hacia la ventana donde se encontraba Él. Se quedó ahí, quieta, mirando fijamente, y al chico se le cortó la respiración cuando le pareció advertir que le hacía un gesto con la cabeza para indicarle que fuera con ella. ¿Estaba ocurriendo todo aquello? ¿No estaría dormido y su mente le ensoñaba todo aquello? ¿Qué debía hacer?
         LA decisión la tomó en el instante en que la muchacha le inquirió de nuevo que fuese a su vera, y esta vez no hubo duda porque se lo hizo saber extendiendo el brazo e indicándoselo con su mano. ¿Para qué seguir negando lo evidente? No era un sueño. Aquella muchacha de cuerpo grácil y negra melena hasta la cintura lo estaba reclamando por alguna razón que no alcanzaba a comprender. Adelante. El chico rodeó su cuello con la bufanda, salió de la habitación y bajó presto las escaleras. No había nadie en la recepción, y al fondo del pasillo, en el salón comedor se oía el rumor de los cubiertos. Mejor, pensó, así que no hay que dar explicaciones. Abrió el portón del Hostal y salió a la calle. El helado viento lo estremeció como si lo hubiese atravesado de costado a costado, y el joven avanzó decidido a saltar el muro que lo separaba de aquella mujer. No le resultó muy difícil alcanzar el otro lado, y para cuando lo logró, ya no estaba la mujer de rojo. No se veía a nadie. El silencio se hizo poderoso, diríase que incluso el valiente viento se escondió en aquel mismo momento.
         El chico echó a andar por la vereda de adoquines. Sus pasos al pisar las hojas secas iban dejando un eco moribundo que parecía no regresar, y después de un buen rato de caminar detrás de lo que le parecía la sombra de una mujer, llegó a una pequeña plaza.
         Y allí estaba. Pero no era la chica que había visto desde su ventana. No, no era. Aquella mujer que tenía frente a él era otra, ésta carecía de vida, era una bella mujer inerte, inmóvil, el vestido no tenía color alguno, su larga melena ondulada parecía helada por el frio. Pero era hermosa, la mujer más hermosa que había visto jamás, y la deseaba con todo su ser, y la muchacha parecía llamarlo en silencio, sin palabras, y el buen muchacho obedecía, y se acercó, y se arrodilló a los pies de su joven amada, y soñó, soñó con ella…

       La mañana del día siguiente era fría, muy fría, en el pueblo amaneció todo helado. La noche más fría del año había pasado por el pueblo dejando un manto de rocío congelado por las calles, las casas y los árboles.
No se hablaba de otra cosa en el pueblo. ¿Quién sería aquel muchacho? Esa era la pregunta que todos se hacían. Lo demás ya lo imaginaban.
        El chico lo encontraron muerto por hipotermia, arrodillado y abrazado a los pies de la hermosa estatua que hay en el cementerio, la que todos llaman la Novia Helada por su triste final.
En la placa que hay a sus pies hay grabada una inscripción…
Te esperaré, inmóvil”

The End”
Fran
@fmcazorla1




4 comentarios:

  1. Hola!
    Me ha gustado mucho esta pequeña lectura!! :)

    Intento seguirte pero no encuentro el gadget de seguidores :S

    Un saludo

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    Respuestas
    1. es cierto, llevamos unos días sin lateral en el blog y no sabemos el motivo

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  2. Excelente Fran!!! Un gran relato!! Nos encanta!

    Besos!!

    ResponderEliminar

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